jueves, diciembre 31, 2009

Recuento

Según este blog, el 2009 pasaron cosas. A saber:

Me topé con Dana Skulli y lamenté no haber visto a Borges en Ginebra; me fasciné con una Very Short Introduction y con el poto que le miró el padre de Marías a una mujer que se subía a un bus; resolví además los misterios de cómo desapareció mi modelo de pulmón hecho con globo, primero, y del origen de la fascinación de Marías por el calzado fino, después. Reclamé mucho contra los administradores de becas y contra los aviones y contra los que reclaman contra becas y aviones, y dejé de reclamar contra mi jefe que se sacaba los zapatos, porque aquí lo hace todo el mundo. Lamentablemente, eso sí, me tocó presenciar el escape de sendos pedos (dos) en mi clase (pequeña) de yoga (ashtanga).

Escribí mi segundo aforismo: ‘El tamaño no importa: el falo es una carga insufrible siempre’, y asumí que vivía en Londres reconociéndole a mi editora chilena que lo acá lo pasaba bien —a pesar de Londres.

Conseguí un nuevo ídolo: Rorty; conocí a un tipo que desechó una carrera de escritor al descubrir que ni siquiera lograba imitar a Marías bien. Recordé, en los Alpes, las fechorías que yo mismo había cometido cuando niño y ocultado, de grande y sin quererlo, a mi esposa. Las fechorías de los gringos, descubrí viendo Galáctica, las sostiene la CIA; y corregí una traición que yo mismo perpetré al reconocer la voz de Borges en Dietario Voluble, de Vila-Matas.

A la esposa de Borges la vi, recuerdo también, una noche en Buenos Aires: le gusta la pizza. Pero conocí a un tipo que prometió no volver a viajar jamás. (Vila-Matas, que viaja tanto, ha aprendido a apropiarse de las voces de otros.) Yo sí seguí viajando, a pesar de todo, y en Dublín conocí a la nieta de un compañero de colegio de Joyce, víctima de un robo libresco. Cuando volví a Londres conocí a otro criminal bibliófilo: uno que, a hurtadillas, ingresaba biromes y lapiceras a la Reading Room de la British Library.

La British Library fue mi lugar favorito del 2009, y de Londres. Conocí ahí a muchos amigos. Vi a uno pasar de la incredulidad al total fanatismo por Borges; descubrí después que él y otros comentaban y recomendaban mi blog. Un día, después de la biblioteca, asistí al concierto de la mejor banda Borgesiana de todos los tiempos, los Dirty Projectors; pero me perdí el recital de Radiohead en Santiago.

Mis amigas hispano hablantes intentaron enseñarme a escribir ensayos. Al parecer lo consiguieron, y yo celebré en Oxford bebiendo cerveza en los pubs que frecuentaba Tolkien. Leí a Tabucchi en italiano (‘che stano, ma la memoria è restata in questa tua persona di ora’), pero no entendí mucho (no me sorprende). Seguí buscando consejos para mejorar mis notas (nota: jamás lo logré: la primera fue la más alta); me recomendaron la displicencia, la altanería y el plagio, que no practiqué. Salí al patio —qué siútico: le dicen ‘piazza’— y caí en la cuenta de que Kafka no era un precursor de Borges, si no su contemporáneo. Después vi a una amiga perderse entre sus obras completas, y otra me preguntó si la ingeniería me ayudaba en algo. Creo que no respondí.

Le conté a otra amiga una anécdota (joder, qué ciego estaba) que me sirvió para leer a Proust y a Bersani —my Gosh, qué buena frase: ‘The most accurate sexual metaphor for a hopeless pursuit of one's own desire is undoubtledly the heterosexual's jealousy of homosexuality in the other sex’; pero pensé que me refería a un amigo y descubrí, uf, meses después, que el burro llevaba carga). A mi amiga la anécdota le sirvió para ser nombrada una vez más en el blog, y parece que lo disfruta. Ella misma me contó otra historia, que reproduje: en los pastos de Hampstead Heath vio un día cómo la sombra de un avión se deslizaba sobre una nube; le creí.

‘You can’t please everyone’, me gritó la polera de una gorda muy fea, con estrías.
Se cumplieron 10 años de la victoria de Agassi en Roland Garros, y 10 desde las primeras citas que tuvimos mi esposa y yo en Chile. Acá en Londres, me explicó un amigo, ser chileno es exótico; ya no me siento Occidental (ni ‘white other’: ahora soy ‘mixed other’). Pero acá en Londres, aprendí, también hay funcionarios de gobierno que se roban plata.

Encontré, por fin, después de 8 años de búsqueda más bien flojita, el ranking de los top 10 del siglo XX según Marías (Marías otra vez), sólo pare descubrir cuán idiota era yo 8 años antes.

Según este blog son dos mis amigos buenos para subrayar libros de la Biblioteca Británica, pero en el verano me sentí solo igual. Tal vez por eso un tipo se me acercó en Brunswick Square y me dijo: ‘You have a very lucky face; your face is lucky. Well done’. Los amigos de mis amigos, descubrí luego, son casi todos de Facebook (exclusivamente), o personajes de libros (lo cual es triste). Mis propios amigos, además, los verdaderos, digo, también quieren ser literarios…

Un amigo cometió el error de regalarle The Road a una mujer embarazada. Y otro el de reavivar mi gusto por Nietzsche. Dejé de creer en el progreso y me lo reafirmé leyendo rodeado de moscas. Descansé pensando en Friends y sus técnicas para suspender el tiempo, pero tuve que leer y escuchar demasiadas huevadas sobre Borges (Borges e nuevo).

Orwell, aprendí, es un genio. La Sole, aprendí, tiene gustos británicos (sus amarillas botas le deben el nombre a Wellington, y Waterloo, que le dio fama al duque). Pero sigue habiendo muchas diferencias entre londinenses chilenos. La principal: aquí mi pasado no le interesa a nadie —y eso a pesar de que el MI5 y el MI6 están súper activos (y quizá yo no debería nombrarlos).

Hice una amiga, pero volvió a Boston. Mi otra amiga, la española, se compró un mac. Mi amigo español se enteró de las denuncias de Halpern, y lo despreció. Escribí mi tesina, pero seguí leyendo antes, durante y después a los autores que se suponía conseguiría odiar. Entre medio, me enteré del premio de Waissbluth, y me alegré. (El tamaño de mi tesina no importa; ni hablar después de compararla con el tamaño de la novela de Proust.)

En la calle, un día, un italiano o ruso me destapó mi cerveza, y me salvó. Rechacé al museo de Bilbao por lo pretencioso y posero; mi amiga políglota rechazó a los Dirty Projectors en beneficio de la Tuneyards. Recordé a toda esa gente que rechazó hacer lo que quería en beneficio de ‘lo correcto’ —tanta actriz, tanto futbolista, pintor, pianista, cantante...

Un amigo se hizo el pretencioso conmigo leyendo a Piglia y siguiéndole la pista a los próceres argentinos; una mujer se hizo la pretenciosa conmigo y practicó sin descanso el canto lírico en su piso de Donostia (vecino al nuestro, prestado). Recurrí una y otra vez a mi diccionario neoyorquino, comprado bajo la amenaza de una terrible tormenta que llegó nunca, eso hace años. Comprendí a mi amigo alemán y la nostalgia que sentía por la biblioteca que abandonó en su tierra; me conmovió mi amigo abogado cuando compró la novela de Proust en tres bellos tomos de tapa dura y descubrió, tarde, que había sido engañado. Fue espanto, en cambio, lo que sentí al conocer a un tipo cuya vida cabía en una maleta (en Londres las maletas circulan como palomas).

La resistencia a viajar de mi amigo se hizo famosa, tanto que dio la vuelta completa y me llegó de vuelta: escuché su historia relatada por un tercero (los rumores como los bichos de las palomas). Descubrí otra similitud entre Santiago y Londres: la gente le cree a los diarios, y los plagia sin arrugarse, aquí y allá.

Fui a una charla sobre Bolaño, pero la única pregunta importante se me ocurrió después del cierre. Ciego a las consecuencias, abrí la ventana de mi departamento para respirar el viento helado de Londres. Tuve que aguantar también las peroratas de un amigo interesado en Michael Jackson y el neo-nazismo inglés, y a otro amigo que me dio un concejo (‘desbándate’), que obviamente yo no seguí. Tuve un examen oral. Me rondó la muerte.

Una amiga eligió el lugar equivocado para criticar a sus maestros, y las consecuencias todavía fluyen. Encontré una buena descripción para el sol londinense de invierno. Then I bumped into Clint Eastwood —sort of. Me aconsejaron que alejara a mi mujer de cualquier gurú espiritual, pero yo caí en las garras del Beatles Rock Band. I took a picture.

Un mi amigo chileno me conmovió: descubrió, después de subir y bajar el Provincia, que la cumbre se veía desde la puerta de su casa. En Londres, el mejor café está a la vuelta de la esquina; en Londres, la gente no te mira a los ojos. En Chile, la gente idolatra a los médicos y les cree incluso cuando les mienten y dicen ‘es un virus’. Me regalaron, sin quererlo, una frase: ‘Write a little every day, without hope, without despair’; y un par más (aunque menos literarias) me llegaron desde las micros del Transantiago: ‘y de esta manera me gano la vida de esta forma’, dijo un artista de espíritu recursivo; ‘Dios mío, por qué a mí y no a otro’, dijo otro (artista) medio nihilista.

No pude votar en las elecciones presidenciales de Chile. No pude votar en la elecciones presidenciales de mi propio país. No pude votar. Pero más se impresionó mi amigo español ante la nueva evidencia sobre lo pueblerina que era mi vida en Chile.
Vi Avatar, y es una mierda. Presencié el fenómeno Bolaño en inglés, y me dio y me da muchos nervios. Conversé sobre Avatar y no cambié de opinión: es una mierda. Peor, en todo caso, es que tu marido te pegue, pensé.

Finalmente hice un recuento del año, que se mi hizo demasiado largo y después me pasarán a buscar y me colaré en una fiesta, over the top. [back]